En septiembre de 1981, Rodolfo José Mauriello entrevistó para El Nacional a Milton Richman, entonces jefe de deportes de la agencia de noticias United Press International en sus siglas en inglés, cargo que para ese momento, Richman desempeñaba desde hacía ya treinta años. El recorte con el artículo de Mauriello todavía lo conservo.
Por su enseñanza sobre el genuino periodismo deportivo, y sobre todo, por aquel juego de beisbol que parece destinado a desaparecer en cualquier momento de la faz de la tierra. No sé cuántas veces lo habré leído. Solo que en esta ocasión tiene un significado especial, se están cumpliendo 100 años del nacimiento de Richman.
Cómo desearía reproducirlo por completo, pero el espacio disponible atenta contra nuestra intención. Sin embargo, trataré de evocar algo de lo expresado por el periodista estadounidense. Y no para establecer diferencias insalvables entre el hoy el ayer, si no para vislumbrar cuánto ha variado nuestro oficio y el juego que nos cautiva y atrapa las horas de nuestro día, y sean ustedes quienes saquen sus propias conclusiones.
La primera respuesta expresada por Richman ante una pregunta de Mauriello, valdría todo el interrogatorio. Mauriello preguntó por los logros económicos del antiguo oficio. “Es muy poco”, respondió. ”Hay gente que cuando lo sabe, inmediatamente piensa, si éste acepta trabajar por tan poco, no debe valer mucho. No tiene cómo aspirar algo bueno.
Con cualquier cosa se conforma. Eso es lo malo de ganar tan poco. Le crea a uno, una fama…”.
A Mauriello le dio pena revelar la cantidad, aunque preguntó por qué acepta ganar tan poco. “No solo yo estoy mal pagado”, admitió Richman.”Los periodistas en todas partes somos mal pagados. ¿Por qué lo aceptamos? Por una palabra de cuatro letras, amor.
Porque esta profesión nos envuelve, nos apasiona. Lo que muchos medios y sus dueños aprovechan. Puedes publicarlo. Hay quienes se aprovechan de ese amor por el buen periodismo, y numeroso es el público que cree que pasamos el tiempo sin hacer nada, qué comodidad. Nadie entiende las horas que pasamos en la búsqueda de la información, en un estadio esperando por el atleta, o en una redacción esperando por un resultado”.
No olvidemos que estamos en 1981 y no en 2022, y Richman nos coloca en ese contexto. Los principios del buen periodismo, nunca cambian.
“Es tan desesperante estar en un escritorio esperando una información, un resultado, que muchos de mis redactores quieren escribir las reseñas del juego en el noveno inning, o cuando faltan cinco minutos. Siempre les digo: es importante la velocidad. Todos lo sabemos, pero en todos los casos, más vale dejar pasar cinco minutos que equivocarse. Para un periodista es terrible saber que ha cometido una falta, que ha dado una información errónea, sea él mismo, o la organización para la que trabaja”.
Nada con los Yanquis en su carrera periodística
Richman fue aficionado de los Carmelitas de San Luis, hoy Orioles de Baltimore. Según, nunca los abandonó. Pero ese afecto nunca se interpuso en su ineludible misión de escribir sus notas con imparcialidad.
“Todo depende de lo que estime como imparcial”, advierte Richaman. “Creo que en la mayoría de los casos, el periodista mantiene un punto central, sin inclinaciones mal intencionadas. Sin embargo, somos humanos, sentimos la emoción, nos apasionamos”, señalaba.
“Guardamos afecto especial por el atleta que se ha portado bien con nosotros. Con el que siempre nos atendió. Cuando muchacho, adoraba a aquellos Cardenales perdedores, y no a los Yanquis de Babe Ruth, Lou Gehrig, Tony Lazzeri, que casi siempre, ganaban. Nadie se les podía acercar”, reflexionó el legendario periodista.
Pelotero frustrado
Como muchos colegas, incluyendo a Humberto Acosta, Richman soñaba con ser pelotero, nunca periodista.
Jugaba en la segunda base para un equipo de ligas menores, pero todo el mundo le decía que era muy pequeño. Al no poder ser pelotero, decidió seguir en algo relacionado con el deporte.
De mensajero a redactor
En su oficina de la agencia UPI en la ciudad de Nueva York, Milton Richman le contó a Rodolfo José Mauriello que ingresó como mensajero interno. Había nacido el 29 de enero de 1922 en el Bronx, a pocas cuadras del Yankee Stadium. Esta historia tendrá otra entrega el próximo miércoles en su Tripleplay.




