Tripleplay | La confesión de José Canseco

¿Diecisiete años después, cómo deberíamos asumir el 11 de febrero de 2005? Acaso celebrarlo con bombos y platillos, o recordarlo como una de las fechas más tristes y nefastas en la historia del beisbol de las grandes ligas. Ese día, frente a las cámaras de televisión, el jonronero José Canseco presentó su libro “Juiced”, donde admitió que había empleado esteroides para mejorar su rendimiento en el terreno de juego.

Pero no solo él. También el toletero Mark McGwire, el jardinero boricua Juan González, el primera base cubano Rafael Palmeiro y el cátcher puertorriqueño Iván Rodríguez.

Todos sabemos lo que ocurrió. Para muchos, su prestigio quedó hecho añicos para siempre, y tal vez la consecuencia más grave, la imposibilidad de ingresar al Salón de la Fama, reconocimiento supremo del talento. El único que pudo entrar fue Rodríguez.

Todos los que acabamos de nombrar tuvieron carreras dignas de llegar a Cooperstow.

En su paso de dieciséis años, McGwire disparó 583 cuadrangulares, cuatro veces fue líder del departamento con un tope histórico en su momento de 70 vuelacercas en 1998, y en siete oportunidades remolcó más de cien carreras.

González en cinco ocasiones largó más de 40 jonrones, Palmeiro sumó 569 cuadrangulares y coleccionó 3020 inatrapables, un verdadero hito en la gran carpa, y Rodríguez pegó 311 vuelacercas, remolcó 1332 carreras, bateó para .296, ganó trece Guantes Oro y actuó en catorce Juegos de Estrellas.

Pese a las múltiples lesiones, Canseco fue Novato del Año y Más Valioso, ocho veces superó la barrera de los 30 cuadrangulares y en tres más la de los 40. En seis ocasiones concluyó con más de cien carreras empujadas, y en 1988 asombró a las mayores al robar 40 bases, pegar 42 vuelacercas, impulsar 124 carreras, y conectar para .307 y cerrar con slugging de 569.

No supe cómo asumir aquella confesión. Admiraba aquel swing, lo lejos que podía enviar una pelota. En 1994 en el nuevo estadio de los Rangers de Texas, no sé cuántas fotos le tomé durante la práctica de bateo, y rompiendo una de las reglas de oro del periodismo, me introduje en el vestuario de los Rangers, oculté mi condición de prensa, y le pedí tomarnos una foto que aceptó sonreído.

Aún la conservo con recortes de prensa y de revistas, y un centenar de barajitas. Con los Atléticos, los Rangers, los Medias Rojas, los Azulejos, los Rays, los Yanquis y los Medias Blancas. ¿Y cuando visitó el estadio Universitario en 2000 con los Rays de Tampa Bay? Apenas ingresó al plato durante la práctica de bateo, me acomodé detrás de la jaula para ver asombrado cómo sus batazos volaban hasta la calle detrás del estadio. Qué pena.

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