Llueve. El tiempo triste y gris, y llueve. No hay tanto frío como la semana pasada, pues en los días recientes el termómetro indica entre seis y diez grados. Un paseo por los campos sembrados y se divisan dispensarios de leña para el tiempo duro y chimeneas que rasgan el paisaje. Se espera un enero helado, con temperaturas bajo cero y vientos asustadores que doblegan la resistencia de arbustos y ramas de árboles desnudos de hojas que el otoño se ha llevado. Mujeres lindas caminan por las calles, chicas de cutis rosado que no pueden esconder entre abrigos y bufandas sus encantos germanos. Entramos en un café de Rheinau, pequeña ciudad vecina de Stutggart, y los clientes charlan en voz baja. No hablamos “deutsch” (alemán), que es el idioma del país, y solo nos hacemos entender en inglés, porque el español es por estos lados una rareza. Un café cuesta dos euros (poco más de dos dólares), y es servido por una muchacha en taza grande y con una galleta en el pequeño plato. Miramos a través de los cristales y la lluvia persiste. Es invierno, un estupendo tiempo para mirar hacia lo que hemos sido y para tratar de entender el porvenir inmediato. Es invierno, afuera llueve y llueve…
Hemos visto decenas de campos de fútbol, cuidados al extremo, pero nadie juega. Seguramente es la estación, que suele alterar la vida en Europa. No hay un milímetro de tierra desperdiciado en Alemania; en primavera y verano hay cosechas características de la estación, en otoño e invierno son otros los rostros de los cultivos. Ha sido mucho lo aprendido con las consecuencias de la II Guerra Mundial, y es admirable cómo una nación destruida se levantó y en pocos años es vanguardia de este continente. Un amigo venezolano nos pregunta: “¿Cómo este país ha ganado cuatro mundiales si para jugar una partidita entre amigos hay que solicitar no sé cuántos permisos?”. Es que por aquí todo está planificado, todo es a la hora. Se habla de la puntualidad inglesa; uno, estando en Alemania, puede decir que la de aquí es insuperable: los autobuses y los trenes llegan sin un segundo de atraso, solo por citar ejemplos de cumplimiento…
En toda Alemania se esperar un quinto campeonato del mundo en Catar. Los alemanes no entienden que su selección pueda ser derrotada; por eso tienen clavada en las gargantas la espina del fracaso en Rusia 2018. Hansi Flick, técnico que suplantó al discutido Joachim Low, se empeñó en clasificar a Dubai (de hecho, fue la primera selección en hacerlo), y aquí no le van a perdonar una nueva caída. De ser así, ¿dónde va a quedar el orgullo de un gentilicio que no quiere ser segundo, ni en fútbol ni en nada?
Nos vemos por ahí.




