Motivadas por sus reclamos, impulsadas por la rabia y la impotencia, doce de las dieciséis denuncias de racismo en el fútbol español de este año han sido llevadas por Vinicius.
En cualquier ciudad del país se oyen aquellos gritos de intolerancia con los cuales se trata de degradar la capacidad humana del jugador y llevarlo por su presencia física y el color de su piel hasta las manadas de simios que habitan en las selvas de África. No sabemos, en verdad, cuántos reclamos de xenofobia hay en otros países, pero que sean tantos en España, dieciséis, nos puede llevar a pensar que hay algo por detrás. ¿Algo cómo? ¿Es, detrás del cortinaje del teatro, escondidas las caras en las máscaras del engaño, España un país racista? ¿Necesito la sociedad española una salida en el fútbol para enseñar que los prejuicios ancestrales no han sido vencidos aún?…
Los canales de la televisión española abordan con suficiencia el tema, con todo detalle, y esto, además de necesario, podría entenderse como una manera de expiación. Desde todos los confines del planeta se oyen voces condenando los gritos destemplados y cargados de desprecio de parte de la afición de Valencia dirigidos hacia Vinicius. El “tonto, tonto” escondía el “mono, mono”, que quizá por un cierto pudor no se atrevían a pronunciar. Pero daba igual, porque aquel coro de muchedumbre arrastraba en sus entrañas el nombre del primate. El jugador, demostrando que por encima de todo es un ser humano, ha reaccionado con violencia, casi con locura de ofendido, porque no se podías esperar menos: no era la primera vez que su nombre era sustituido por el del animal. Y seguramente porque era un jugador de los llamados cracks: ¿se hubieran ensañado si no fuera tan bueno?…
Todo esto ha traído la mirada que habrá que echar hacia la estructura arbitral. Corriendo de un lado a otro, sin saber qué hacer, el juez seguramente se preguntaba hasta dónde llegaba su autoridad. ¿Suspendía el partido en solidaridad con la dignidad humana, o seguía los mandatos de sus autoridades? De aquí en adelante habrá que conocer cuál es la verdadera posición de los árbitros del fútbol; no es solamente un pito para pitar, no es nada más que un autómata de la “inteligencia artificial”, sino un hombre que, rebasando las fronteras del reglamento debe pensar en el humanismo que envuelve el deporte. Mientras en el estadio Mestalla de Valencia hacen del fútbol un circo de revancha y xenofobia, En Río de Janeiro, apagan las luces mientras el Cristo llora la injusticia. Nos vemos por ahí.




