Cuando uno va a una Serie Mundial, sabe que “cualquier cosa puede ocurrir”.
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Pero no podía uno imaginar, que poco antes de comenzar uno de los juegos de aquella Serie, iba a moverse la tierra en San Francisco, como mueve uno un cedazo, y destrozar así centenares de casas y edificios, y matar a más de 700 personas.
Ocurrió, hace 34 años, el martes 17 de octubre, de 1989, a las 5:04 de la tarde, cuando en espera del tercer juego de la Serie, a celebrarse en el Candlestick Park, de los Gigantes, yo escribía en las alturas del palco de la prensa, la columna del día siguiente.
A mi izquierda también tecleaba su laptop Hal Bodley, de “USA Today”. Estábamos a 21 minutos de la voz de play ball. Esperábamos que los pitchers abridores comenzaran a calentar.
De pronto oí algo que conocía bien. Lo había oído antes, en Caracas, el 29 de octubre de 1967. “ Hal: ¡Ésto es ruido de terremoto!”. Y otra voz cercana se oyó en un grito desesperado: “¡¡Earthquaker!!”.
Era como estar dentro de una gigantesca coctelera. Mientras más alto está uno, más se siente ese movimiento. Aún cuando a cualquier altura es terrible la experiencia, y puede resultar trágica.
No sabíamos si correr o quedarnos ahí. Entre tanto, San Francisco y alrededores eran un caos. Todo se movía a 7.1 en la escala de Richter.
Entre tantas escenas trágicas, el famoso puente sobre la bahía, que une a San Francisco con Oakland, se partió, como si un cuchillo gigantesco le hubiera caído encima. Por eso, un automóvil se precipitó al mar, muriendo el chofer y varios pasajeros.
La casa de Joe DiMaggio quedó vuelta añicos, entre varios centenares de inmuebles de todos los tamaños, por lo que él, en manos de psiquiatras, estuvo varios días sin razón, y caminaba por la ciudad con una gran bolsa de papel, que todos pensábamos contenía útiles personales.
Al final se supo que ahí llevaba más de 25 mil dólares en billetes de cien, que había cobrado por firmar autógrafos. Los guardaba así para no pagar los Impuestos.
Candlestick se portó como un campeón, aún cuando más de 60 mil personas sobre llenábamos todas las localidades. Nada hubo qué lamentar en casa, aparte de un pedazo de concreto que cayó, pero sin causar daño a nadie. Sólo fue un susto.
Esa noche, tras enviar las historias del terremoto, nos encontramos con que no había transporte para los periodistas, ni trabajaban los taxis, ni estaba activo el transporte público. Tuvimos que irnos a pie y en grupo, para protegernos.
Teníamos que caminar por el medio de la calle de un tembloroso San Francisco, porque a las aceras, caían pedazos de cristal de las ventanas de los edificios. Todo era peligro. Pero no había tránsito de vehículos.
Nos tomó cerca de dos horas para llegar al hotel donde nos alojábamos. Entonces estuvimos tres días sin energía eléctrica, alumbrándonos con linternas y velas, y subiendo escaleras, por los ascensores inactivos. Podíamos mandar los trabajos periodísticos, porque nos facilitaron unas líneas telefónicas de emergencia.
Empataron récord de jonrones en un juego
En el tercer juego, el de la reaparición tras los entrenamientos en Phoenix, los Atléticos dispararon cinco jonrones, dos por Dave Hénderson, los otros, de José Canseco, Tony Phillips y Carney Lansford.
Empataron a los Yankees, quienes en 1928, en la Serie frente a los Cardenales, Babe Ruth sacó tres, Lou Gehrig uno y Cedric Durst, uno.
Los Gigantes conectaron 28 incogibles en los cuatro juegos; y los Atléticos 44, nueve de esos cuadrangulares. Por tal ofensiva, fue una sorpresa que un lanzador, Dave Stewart, resultara Más Valioso.




