El último aliento

Disfruten de una nueva entrega de "Camiseta 10" por Cristóbal Guerra

Maturín es la ciudad venezolana donde casi nunca deja de llover. Las calles de la ciudad están preparadas para la caída de agua con inclinaciones en sus costados para que la el líquido del cielo corra hacia alcantarillas muy bien diseñadas.

Y construyendo una metáfora con el nombre de la capital del estado, en Monagas la gente esperaba ver anoche a su equipo, el “Monaguitas” como lo bautizara algunas vez Víctor Pignanelli, en un tiempo director técnico del equipo, “bañar” de centros al Boca Juniors para ver a su equipo del alma en la segunda ronda de la Copa Libertadores.

Y eso podía ser posible, utopía mediante, y dar una de las clarinadas más sonoras recuerde el fútbol venezolano, espejo de aquellas victorias del Deportivo Italia en el Maracaná de Río de Janeiro, 1-0 ante el Fluminense, y la del Caracas en Cúcuta, por 3 a 1 frente a River Plate. Ya el Monagas dio un aviso: empató con Boca en su estadio maturinés, y ahora iba por la hombrada casi imposible en Buenos Aires: ¿qué habrá pasado en tan sonado partido, cómo habrá salido el cuadro nacional del infierno de La Bombonera?…

La Copa Libertadores es el campeonato suramericano o la medida que sirve para conocer dónde está parado cada nivel. Si el Monagas hubiese cumplido la gesta de vencer, podría, dependiendo del resultado entre Colo Colo y Deportivo Pereira en Santiago de Chile, terminar segundo del grupo de clasificación; de perder, pues en la antípoda, terminar último de la llave F. Mas, al final de la jornada y asiéndonos a un hilo de corazón futbolero, pensar que el Monagas y Johnny Ferreiro, su eficiente entrenador, al menos cumplieron una de las máximas del fútbol: sembrar quimeras, así sea el último día, porque el fútbol es un cosechador de vida ilusoria. ¿Quién habrá salido anoche con los brazos en alto en la capital argentina?

Por ahí, por las calles de la ciudad y en las cafeterías cercanas nos preguntan, con aire de curiosidad, cuánto ganan los jugadores en el fútbol venezolano. Y como en Venezuela se manejan estos datos como secretos de estado, no podemos saber, con certeza, cuál es la cantidad. Se dice esto y lo otro, pero sin precisión.

Se conoce de promesas de pago de jugosas cantidades fuera de la realidad nacional que luego se convierten, como el humo de las chimeneas, en palabras que se los llevan los vientos del sur. ¿500 dólares?, ¿400, 300, 200? Vaya usted a saber. Pero como quiera que sea, o como quiera que se diga en un fútbol que se percibe deprimido, seguramente han de ser exiguos pagos si se comparan con los de otras ligas de Suramérica.

Nos vemos por ahí.

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