El fatalismo de Emilio Butragueño, de Julio Salinas, de Fernando Hierro, se ha esfumado en las brumas de un remoto pasado que por allá nadie quisiera recordar. El maleficio de infortunios se materializó con goles echados al campo del error, victorias a conquistar cantadas antes de tiempo, eliminaciones inexplicables… y por cierto, muy españolas.
Ya este anticlimax había tenido un pasado de larga data. Ahora nos podemos remontar a 1934, Mundial de Italia, cuando en una batalla tumultuosa y sangrienta, los hispanos, sintiendo el rigor de la poderosa escuadra italiana, debieron pagar su osadía con lesiones de mala leche y jugar el segundo partido de cuartos de final, como era entonces, con varios jugadores de la suplencia hasta caer y ser borrados del torneo. Entre los sufridos hombres estaba el arquero Ricardo Zamora, “El Divino”, como era llamado entonces, el primer ídolo del país y quien dejó el legado de su nombre para hace homenaje hoy día al mejor de la liga en esa posición.
Pero como todo en el fútbol, el destino de la selección española comenzó a cambiar en determinado momento. Y fue en el Mundial Sudáfrica 2010 con aquel equipo, el último de los tiempos recientes que se puede considerar complaciente a la vista y a la vez contundente, para vencer sin hacer concesiones. Final, gol de alucinación de Andrés Iniesta ante Holanda, para después de tanto y tanto tejemaneje la por un tiempo llamada “Furia” llegara al sueño postergado desde tiempo inmemorial: la corona universal.
Y ahí comenzó a tejerse la gran historia.
Un nuevo cuento de hadas que pareció resquebrajarse en Brasil 2014, Rusia 2018 y Catar 2022, pero que reverdeció, con todos sus valores, con todos sus colores, hace solo unos meses en Estados Unidos. Aquella selección amarró con cadenas inviolables en semifinales a la preferida Francia, y alargó su dominio al no dejar respirar a Argentina en la final de Nueva Jersey. Fue desconsolador para los aficionados suramericanos mirar aquella impotencia, aquel desamor por la pelota vista entre sus jugadores.
Con una visión de campo fundamentada en un poblado mediocampo, concebido en variadas e indistintas fo rmas en rombo, cuadrado y triangulo, y con disparadas fugaces de Marc Cucurella como marcador de punta-extremo, a la antigua, por la izquierda, fue demoliendo, como una máquina de trituración, a sus enemigos. Ideas de Luis de la Fuente, astuto inventor de esa manera de concebir y desvirtuar el juego del otro.
El gol de Ferran Torres escribió un nuevo capítulo en el devenir mundialista. Esa visión del atacante hispano abrió el libro de una nueva hegemonía que promete dejar en los caminos del recuerdo las de Brasil, Alemania, Italia y Argentina, y establecer, con nuevas leyes y pergaminos de Melquíades, la lectura de un fútbol contemporáneo y renovador.
Un camino llamado Lamine Yamal
Después de deslumbrar en sus albores en las canchas de España, los escépticos, los no creyentes en amores de primera vista, prefirieron esperar por algo más convincente. “¿Es tan fiero como lo pintan ese muchacho?”, parecieron decir aquellos exigentes aficionados o “forofos” acerca del fútbol delicioso de Lamine. En el Mundial quería retumbar con su grito de guerra, pero allá tuvo una actuación modesta y entonces se pensó que había llegado a donde tenía que llegar. Pero caramba, por entonces solo tenía dieciocho años de edad. Pasaron los días mundialistas y llegaron los de la Copa de Naciones. Y entonces apareció el verdadero Lamine Yamal. Magia con el balón, sortilegio a cada instante, y la grada se convierte en cómplice de aquel a veces serio, a veces extravagante, que le acababa de marcar dos goles de fantasía a Croacia. Puede ganar Balón de Oro, pero eso no sería lo más importante. Podría ser, quién lo duda, el verdadero sucesor de las glorias de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo.




