El día del partido ante Boca Juniors esperábamos ver a Salomón Rondón como titular en el equipo del barrio de Núñez. En Buenos Aires habían anunciado al nuevo jugador de River Plate como una gran novedad, “mirá, fijáte en el cartel de este tipo, es un gran goleador”, dijeron, y los hinchas del equipo alimentaron ilusiones con su incorporación: demoró dos semanas en llegar a la capital argentina hasta que al fin bajó del avión, con su imponente morena figura, sus músculos de acero, el atacante venezolano. De inmediato se incorporó a la disciplina del técnico Martín Demichelis, antiguo compañero de Rondón en el Málaga, una coincidencia que escribía los mejores augurios para todos en el club…
Los días han pasado, y ver a Rondón en el banco de suplentes en el citado partido ante Boca ha sido para preocupar. Ha jugado con intermitencia, unos días sí, otros no, y la afición de River se comienza a preguntar: “¿Para qué Rondón?”. En programas de televisión, en los que se analiza descarnadamente a los jugadores, los panelistas han dicho que, hasta el momento y aun reconociendo su ilustre trayectoria, el nuevo refuerzo “no está a la altura”. Damos una vuelta al pasado reciente y revisamos que en Inglaterra, última tierra pisada luego de andar también por España, Rusia y China, estaba echado al olvido. Su equipo allá, el Everton, prefería a otros artilleros más jóvenes para la búsqueda de los arcos adversarios. No obstante, y a sus 33 años de edad, el fuego y la dinamita de Rondón parecen estar intactos. Al menos es lo que llega a la distancia; porque de no ser así, ¿cómo una institución como River Plate, tan exigente, de tanta alcurnia, iba a fijarse en él? ¿Y por qué, entonces, Demichelis lo ha dejado a
un lado? Lo llevaron por la falta de gol del equipo, y la tarde que le marcó dos a Huracán y en medio de una actuación para recordar, todo parecía estar justificado. Pero no ha sido así y por ahora, Salomón Rondón ve los partidos desde un lado de las canchas y tal vez ya se comience a preguntar ¿para qué vine yo aquí?…
Un emocionado salto al beisbol. Jesús “Chivita” Lezama abandonó la vida a sus 104 años de edad, y por su historial, por su presencia infinita, ha dejado como legado y trascendencia un innegable hecho cultural. Lezama, extraordinario bailarín, fue parte del simbolismo de la ciudad, y era respetado por los aficionados de todos los equipos. Con los Leones del Caracas en su corazón, con el amor de la pelota en su alma, “Chivita “ fue, por encima de todo y a su manera, también poeta.
Nos vemos por ahí.




