En la Copa América de Brasil estamos presenciando al Lionel Messi más terrenal que se haya visto en el césped. No es que el astro argentino haya dejado de ser un futbolista excepcional, impredecible, capaz de resolver en milésimas de segundos una intrépida jugada que a otros futbolistas le tomaría la vida entera emular. A sus 34 años es claro que ha bajado las revoluciones.
Sus piernas ya no pueden realizar esos sprint meteóricos de 50 metros, con el balón atado a los botines para driblar rivales como estáticos conos y culminar la galopada convirtiendo un gol solo al alcance de prodigios del juego. Ya no intenta esas corridas, pero cuando toma el cuero en los tres cuartos de cancha y enciende los motores sigue siendo indetenible.
Hay que perseguirlo con tres marcadores que lo lleven a un embudo. Si la trampa defensiva falla, los atemorizados rivales recurren a derribarlo una y otra vez, como hizo Colombia en las semifinales, para cortarle el camino, reducir su influencia y minar las energías.
Pero el Messi más terrenal al que nos referimos tiene que ver con su actitud en la cancha. En la Copa América hemos visto un futbolista que se calienta como cualquier otro, que no se desconecta, cuando está a disgusto porque su equipo no juega como acostumbra en el Barcelona, y que participa hasta en los duelos sicológicos en los tiros penales, como hizo con el defensa Yerry Mina en el último desafío. Este Messi es tan terrenal que por primera vez en su carrera lo hemos visto derramar sangre de verdad.
Y pese a la herida que sufrió en el tobillo izquierdo, con una entrada de guillotina, siguió en la cancha como si nada, en una exhibición de aguante y coraje tan influyente en el ánimo de la selección albiceleste como sus asistencias o goles.
En esta Argentina armada por el técnico Lionel Scaloni, Messi ha encontrado un equipo más coral. El rendimiento del equipo no pasa exclusivamente por lo que haga o deje de hacer el 10. En Lo Celso y De Paul, el fútbol de Messi ha encontrado dos socios que lo entienden, con los que puede tocar y avanzar, construir las jugadas de ataque para que Lautaro Martínez tenga la oportunidad de liquidar en el área, como hizo en el primer gol ante Colombia. Ya no es Messi el principio y el fin de las acciones de peligro de la albiceleste. Es un ejecutante más cuyo extraordinario talento está al servicio de una orquesta de cámara a la que aún le faltan compases y más afinamiento para lucirse en el escenario mundialista.
Messi tiene otra vez el reto de conseguir su primer título con la selección absoluta de Argentina, en el mítico estadio de Maracaná, donde ya sufrió la derrota en la final del Mundial de 2014 ante Alemania. Ya sabemos que Brasil en casa y con Neymar en estado puro es casi imbatible. Pero este Messi terrenal que no decae y empuja anímicamente a su equipo en los momentos duros está para alzar la Copa América.




