Cierta vez hablábamos de los atletas, y negados a comparar jugadores de diferentes tiempos, nos hemos remitido a comentar con entusiasmo y sin negar sus aportes, de su trascendencia.
¿Cómo negar la de Michael Jordan en el baloncesto, Muhammad Ali en el boxeo, Pelé en el fútbol, y Tiger Woods en el golf? Ellos han hecho que lejanos al hecho deportivo se hayan ocupado de ellos, que los gobiernos se hayan vinculados a su quehacer, y que la gente esté pendiente de sus opiniones de esto y lo otro.
Jordan, particularmente, impuso una manera de vestirse y hasta un comportamiento social conocido como el “Joldan”, así con L en vez de R. Ali tomó posiciones rebeldes ante la sociedad y el hecho de no ir al conflicto en Vietnam, Pelé detuvo una guerra en Nigeria solo por irlo a ver jugar, Tiger Woods rompió la barrera racial e hizo que los afroamericanos y los niños se interesaran por un deporte hasta entonces reservado para los blancos…
Y ahora Diego Armando Maradona. Su partida ha movido al planeta, pero curiosamente no para hablar de lo que fue como grandioso jugador, porque parece que a estas horas eso fue lo de menos. Lo de más ha sido su capacidad de hipnotizar, lo que llaman carisma, o el “duende” que mencionaba Federico García Lorca en sus textos de sabiduría.
Ese “feeling” que hacía que dondequiera que estuviese tenía a su alrededor una nube de gentes, amigos y enemigos, para oírlo hablar, para escuchar sus opiniones normalmente controversiales, y darse por satisfechos con solo verlo y explotar en sonrisas de satisfacción.
No sabemos, no tenemos vara para medir todo esto, como no se pueden medir los sentimientos, pero dudamos que la historia del deporte registre alguien con ese sentido de ser, quizá sin quererlo, el centro de todo. Presidentes, primeros ministros, reyes y reinas se han ocupado en estos días de Maradona.
Como curiosidad valedera, en Nápoles encargan la figura en barro de Maradona para ponerla en los nacimientos, como si el diez fuese el Niño Jesús. Como un delirio, como una alucinación colectiva, no hubo periódico, revista o página web del mundo que no lo llevara en sus portadas. Niños del mundo quisieran ser maradonas versión infantil, y la “Mano de Dios”, de una trampa inaceptable pasó a ser, por gracia de su autor, una ocurrencia feliz y celebrada…
Es la trascendencia de la que hablábamos antes. El fútbol ha dado jugadores que parecieran no ser de esta galaxia, maravillas con la pelota y el gol, pero es que con Maradona no se trata de eso. Maradona escapa a toda comparación, a toda medida, porque supo traspasar las fronteras de lo propiamente humano para entrar en el país de lo lúdico y surrealista.
Nos vemos por ahí.




