Camiseta 10 | Paolo Rossi nunca lo supo

Ni Paolo Rossi ni nadie en el mundo pudo sospechar lo que sus tres goles contra Brasil iban a desatar. Hubo dolor en América Latina y llanto inconsolable en el inmenso país del inabarcable Amazonas, pero como mala suerte buena suerte, y como no hay mal que por bien no venga, aquellas dianas italianas en el Mundial España 82 y aquella derrota desataron un viento huracanado y una erupción de volcán que aún se mantiene viva.

Tradicionalistas vs modernistas; defensores del fútbol de las playas de Río de Janeiro, aquel que divierte y llena el alma brasilera, las raíces más auténticas, contra los que cansados de ver caer a su gente optaron por acercar su hombro a Europa.

Telé Santana y Mario Zagallo ante Carlos Alberto Parreira y Dunga. Fútbol delicado y pícaro, frente al fútbol poderoso y físico. La confrontación estaba dada, porque aunque en el fondo rocoso de todo este asunto había profundas heridas, todos querían también salir del enfrentamiento en procura de una selección campeona e indiscutible…

Llegó el Mundial México 86, y no había nada decidido: el fútbol de belleza seguía imponiéndose y Brasil volvía a caer en cuartos de final ante Francia. Mundial Italia 90, y derrota en octavos frente a Argentina. Mundial Estados Unidos 94, Parreira al comando, uno de los defensores de europeizar al equipo nacional aunque sin renunciar de un todo a su esencia, y Brasil campeón: había comenzado la transición.

En Francia 98 llegar a la final fue un buen paso, y vencer en Corea-Japón en el 2002, la hostia. 2006, 2010, 2014, el desastre ante Alemania: 7 a 1 en contra. Corría, ahora con más fuerza, el río subterráneo de una nueva concepción, pero llegó Tite al rescate y desde el Mundial de Rusia 2018 ha rescatado las fuentes primarias, al Brasil de los artistas y las finuras, aunque sin echar al cesto una noción atlética que, al parecer, ya no se irá. La selección ha vuelto a ilusionar, porque ha elevado la autoestima de la identidad nacional…

Entonces, pensemos en Suramérica. La influencia de los medios de comunicación ha hecho cambiar las maneras de concebir el fútbol y ha violado, como un depredador ante la presa acorralada, las raíces. No solo ha sido Brasil: todos, posiblemente a excepción de Argentina y Perú, se han salido de sus cauces históricos.

En esas anda Venezuela, que no solo procura reconocimiento y figuración internacional, sino esa identidad, ese “así jugamos porque así somos” que hace sentir al jugador aquella luz de pertenencia que tanta falta hace a quien defiende a un país. En Brasil la discusión se prendió en 1982 y aún sigue viva; Paolo Rossi nunca lo supo.

Nos vemos por ahí.

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