Viendo retazos del fútbol de los Juegos Olímpicos se nos han venido a la memoria las imágenes del juego en sus orígenes. Puede ser que nos estemos dejando llevar por las nostalgias de los días de la remota infancia, aquellos años cuando sin televisión posible la radio nos traía partidos que se jugaban en cualquier lugar del mundo y también en nuestras mentes ilusas.
Entendemos que el hoy no es el ayer y que el fútbol de ahora es otro, pero no deja de encantarnos ver en Tokio a jóvenes que, aun siendo profesionales, van a todas por sí mismos y por la defensa de las camisetas de su país que llevan puestas.
No obstante su condición de jugadores que reciben pagos por llevar un balón por la cancha y pegarle con gracia o rabia, se puede notar en ellos ese perfume de una cierta inocencia que termina por hacer sus partidos llevaderos y de buen gusto…
Y como mencionamos los cambios, habría que traer a estas líneas el fútbol de las Olimpiadas que se jugaba antes de la desaparición de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín.
Es decir, el fútbol amateur de la época, hasta los años 80, y el profesionalizado que se disputa ahora. Han sido dos versiones de un mismo deporte, como pensamos que también debe haber pasado con el baloncesto, el beisbol y el boxeo, los cuatro deportes de alta calificación universal.
En aquel tiempo, hablando del fútbol, las medallas de oro iban a tener casi siempre a las oficinas de los países del este europeo, que competían con los mismos equipos con los que asumían los mundiales y llevaban clara diferencia favorable con los futbolistas aficionados de occidente.
Su condición de amateurs les daba esa apreciable ventaja, mas todo cambió desde la época antes citada, a excepción del 88, en Seúl, donde la URSS alcanzó la dorada al batir en la finalísima al Brasil de Romario.
Desde 1984, y en los Juegos Olímpicos más cercanos, han sido Francia 84, España 92, Nigeria 96, Camerún 2000, Argentina (2004, 2008), México (2012) y Brasil (2016) los amos del título mayor…
Y más que en el propio Mundial, la Olimpiada es propicia para la llegada a la gran decisión de outsiders o selecciones menos calificadas.
Por ser muchachos los que se afanan en los campos de juego, jóvenes con el deseo incontenible de llegar a un lugar lejano, las cosas aparecen más por lo imprevisible y el entusiasmo que por la a veces aburrida lógica. Así paso con Nigeria y Camerún, y tal vez vaya a volver a suceder en Tokio.
¿Qué tal una victoria en el partido por el oro entre Costa de Marfil enfrentando a Japón? Nos vemos por ahí.




