Colombia: lecciones del Mundial

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Inglaterra y Colombia fueron dos reflejos de una misma cosa. Porque mientras las suramericanas, calcinadas en el fuego de un partido sin tregua posible no conseguían el sendero por dónde llegar, las europeas crecían, se hacían inalcanzables con sus maneras elaboradas en laboratorios en los que las jugadoras, en vez de futbolistas, parecen salidas de un molde de robots. Tal vez estemos exagerando, pero es la manera de graficar lo que vimos en un capítulo ardiente pero desigual en el Mundial Femenino.

Pasado el minuto 70, y si revisamos el partido nos podemos dar cuenta: a las muchachas neogranadinas le comenzó a pesar la pelota, no llegaban con claridad a las jugadas, mientras que a sus adversarias el fragor del juego les caía de lo mejor. El primer gol inglés fue por un despiste de la arquera colombiana, pero en el fútbol, como si fuese una ley no escrita, se puede ganar así o de otra manera; si no era por ahí, a lo mejor llegaba el gol por otro camino…

A un lado del partido entre colombianas e inglesas, a un costado del recuerdo de cómo sucedieron las jugadas, hablemos de Suramérica y Europa. Liquidados Brasil y Argentina en primera ronda, solo quedaba Colombia. Y ante la evidencia, con la indiscutible superioridad de las rivales europeas, Japón y Australia, muy lejos llegó.

Quedó, como un cuadro del expresionismo, que Suramérica anda a la zaga, que sus métodos y sistemas de preparación deben de ser revisados, y como corolario, como conclusión de la desigualdad, que en el fútbol, como expresión viva de casi todos los componentes del tejido social, América del Sur Anda a varios pasos de distancia.

Aquel grito victorioso de una jugadora de la selección cafetera, “¡No vinimos a ganar un partido, vinimos a ganar el Mundial!”, quedó, con todo el entusiasmo y fervor de un momento, como un grito de guerra ahogado ante una dolorosa pero justa derrota…

Y Venezuela tiene que tomar conciencia de la realidad. El fútbol femenino del país debe sentir la fuerza de un tornado, como el que sacudió a Caracas el pasado jueves, para despertar, para entender que con lo que se hace no basta porque ahí están los resultados como pruebas.

Todo aquello que se maneja en las divisiones menores puede ser el arranque de algo mucho más grande, competitivo, para no seguir repitiendo las horas bajas de los hombres. En la última Copa América vimos a las jóvenes venezolanas dejando el aliento, pero ya, ante los avances de las contrarias, eso es poco, muy poco. ¿Hay miedo de cambiar lo que se hace por lo que está por hacerse?

Nos vemos por ahí.

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