viernes, junio 14, 2024
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Nunca había sido tan importante

Disfruten de una nueva entrega de "Camiseta 10" por Cristóbal Guerra

Quizá, y echando hacia atrás el pensamiento histórico, desde los días de Manuelita Sáenz y Mariana Carcelén y Larrea, Marquesa de Solanda, pocas veces Ecuador había estado tan cerca de Venezuela. Las dueñas de los afectos de Simón Bolívar y Antonio José de Sucre, dos quiteñas de raigambre, acercaron a los dos países en el devenir de los años, y quién lo iba a pensar, es ahora el fútbol el quehacer que vuelve a estrechar a las dos banderas. Solo que esta vez no son los cariños de hombres y mujeres, sino el enfrentamiento de dos selecciones que mantiene en lo más alto sus aspiraciones de pisar el Mundial.

El partido de mañana en Maturín puede marcar puntos y tendencias, puede a su manera ser decisivo, porque quien salga vencedor tendrá frente a sí un panorama amplio, en colores, para asumir el futuro inmediato desde una elevada atalaya…

Sabemos que Ecuador mantiene su valladar de Quito como una fortaleza inexpugnable, aquella muralla de puro hormigón para repeler a todo el que por ahí asoma. Sin embargo, vale recordar que Venezuela, en la era de Richard Páez, venció a los ecuatorianos contra todo vaticinio con un gol impensado y desde larga distancia de José Manuel Rey. Mañana será diferente, qué duda cabe.

A la Vinotinto seguramente le corresponderá soportar todo aquella avalancha de Ecuador en los primeros minutos, tragarse ese aluvión algunas veces desordenado y en caos, para ir de a poco a la conquista del botín. Los ecuatorianos, porque es su concepción del juego, a menudo salen en busca del adversario sin mirar de quién se trate: no entienden el fútbol de otra manera. Empero, son frágiles en sus aspectos defensivos, en el entendimiento de la armonía que debe haber entre tener la pelota y perderla.

La Vinotinto ha demostrado su arrojo, pero también su inteligencia, vista sobradamente ante Chile, para asumir las acciones; eso le puede dar ventajas ante un rival de cuidado…

Venezuela no puede tener otra meta que el Mundial. Aquellos días de conformidad, de sentirse a plenitud por empatar o “perder con dignidad” ya son parte del libro del anecdotario. Ahora es vencer, abrirse camino hacia lo inconquistable, hacia lo consagratorio, hacia desatar en el país una conmoción social como aquella de 1941, según cuentan, cuando el beisbol alcanzó la cima al ganar el campeonato Mundial en La Habana.

Con menos no se va a conformar la gente porque ya la espera se hace larga. Siempre se ha buscado, nunca se ha conseguido, pero tal vez ha llegado la hora. Vencer a Ecuador nunca había sido tan importante.

Nos vemos por ahí.

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